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Sin duda alguna, una verdadera expedición no comienza hasta que uno se planta en el aeropuerto para emprender viaje.
Por muchas negociaciones, reuniones y promesas con los encargados de las compañías aéreas el resultado es siempre el mismo; La cara de incredulidad del empleado de la compañía viendo como cuatro personajes aparecen acarreando cuatro piraguas he inmensos bultos y con el firme convencimiento de que todo aquello debe embarcar en su avión.
Así pues, tras media hora de discusiones, vemos desaparecer el material por la cinta transportadora camino de las bodegas del avión. El resto de medidas de seguridad, bolsa de plástico incluida, son un juego de niños.
El viaje es largo, muy largo, con mucho transfer aéreo, pero esta compañía era la única "que nos permitía llevar piraguas". 30 horas de viaje dan para mucho, pero ni la emoción del proyecto ni las butacas de clase turista permiten descansar, con lo que aprovechamos para planear nuestros primeros pasos al llegar a Katmandú.
Al llegar, hemos instalado nuestra base de operaciones en el Hotel Excelsior de la capital Nepalí. Tras prácticamente dos días sin dormir nos rendimos.
Mañana será otro día.
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